Nivel: 2.º de Bachillerato · Edición: 17 de septiembre de 2025
Índice
- 1. Conceptos básicos y métodos de estudio de la vegetación
- 2. Factores del medio físico
- 3. Factores bióticos, históricos y antrópicos
- 4. Rasgos generales de la vegetación española
- 5. Dominio Atlántico
- 6. Dominio Mediterráneo (peninsular y balear)
- 7. Vegetación de montaña y alta montaña
- 8. Vegetación canaria (Macaronesia)
- 9. Problemática actual, conservación y representación
- Bibliografía y fuentes
- Resumen final para repaso rápido
1. Conceptos básicos y métodos de estudio de la vegetación
La vegetación es el conjunto de comunidades de plantas que coexisten en un territorio y cuya composición, estructura y dinámica dependen de las condiciones ambientales y de la historia de usos del suelo [8]. En su estudio conviene distinguir entre vegetación potencial natural (PNV) y vegetación actual: la PNV es la que cabría esperar si los procesos sucesionales se desarrollaran sin perturbaciones humanas bajo las condiciones climáticas y edáficas presentes, mientras que la vegetación actual refleja el resultado de usos, manejos e impactos históricos sobre esa base biofísica [3]. Este contraste es útil en planificación y restauración porque la PNV ofrece un marco de referencia para seleccionar especies y objetivos de manejo adaptados al sitio [3].
La tradición fitosociológica ibérica, inspirada en la obra de Braun‑Blanquet, describe la vegetación a partir de relevés (inventarios de estación) y clasifica las comunidades en un sistema jerárquico (asociación, alianza, orden, clase) que facilita la comparación espacial y el diagnóstico ecológico [7][8]. Con esta base se introduce el concepto de serie de vegetación (o serie dinámica), que agrupa las etapas de sustitución desde comunidades pioneras hasta la etapa madura climácica prevista para un ambiente dado, integrando variaciones edáficas y de exposición [1][6]. Las macroseries y facies permiten cartografiar estas unidades en escalas regionales, herramienta esencial para interpretar el mosaico vegetal español [1][6].
Para organizar el estudio sin perder la visión de conjunto, conviene trabajar en escalas de análisis complementarias. En la escala más amplia, el bioma designa grandes conjuntos fisionómicos y climáticos (p. ej., bosques templados, mediterráneos, praderas), útiles para establecer comparaciones globales [4][5]. En el contexto europeo y español, la referencia práctica son las regiones o dominios biogeográficos empleados por la UE (Atlántico, Mediterráneo, Alpino y Macaronésico en España), que articulan inventarios, evaluación y conservación de hábitats [9]. A una escala intermedia, la bioclimatología de Rivas‑Martínez define macrobioclimas (p. ej., Mediterráneo, Temperado) y bioclimas, y utiliza dos gradientes clave: termotipos (niveles térmicos) y ombrotipos (niveles hídricos) que delimitan isobioclimas con valor explicativo directo para la distribución de las formaciones ibéricas [2][10][16]. En la escala local, la serie de vegetación y la comunidad (asociación fitosociológica) permiten inferir procesos sucesionales, respuesta a perturbaciones y potencial de restauración en cada sitio [1][6][7][8].
Vegetación potencial y actual. El concepto de PNV parte de considerar que, dadas las condiciones climáticas y edáficas actuales, existe un conjunto de especies y estructuras vegetales que tenderían a establecerse si cesaran las perturbaciones antrópicas, sirviendo como hipótesis de referencia más que como estado histórico fijo [3]. La vegetación actual, en cambio, recoge la huella de talas, incendios, pastoreo, agricultura, repoblaciones y especies exóticas, por lo que a menudo se compone de etapas seriales (matorrales, pastizales, pinares de repoblación) que sustituyen al bosque potencial [1][6]. Esta distinción es imprescindible para evaluar la calidad ecológica de un paisaje y para priorizar actuaciones de restauración o conservación [3].
Series de vegetación y etapas de sustitución. En la escuela ibérica, una serie se define por la etapa climácica potencial (por ejemplo, un encinar mesomediterráneo sobre calizas) y por las etapas seriales que, bajo perturbación, ocupan transitoriamente el espacio (maquias, garrigas, tomillares, pastizales) [1][6]. Los factores edáficos y topográficos generan subseries o facies (por ejemplo, facies de ladera seca frente a vaguada fresca), lo que justifica mapas de series a escala 1:400.000 elaborados y revisados a nivel estatal [1][6]. Este enfoque dinámico resulta didáctico porque conecta procesos (sucesión, perturbación) con patrones espaciales cartografiables [1].
Escalas de análisis: bioma, dominio, piso bioclimático, serie y comunidad. El bioma resume respuestas convergentes de la vegetación al clima a escala planetaria, por lo que orienta comparaciones entre regiones (p. ej., bosque templado caducifolio vs. mediterráneo esclerófilo) [4][5]. El dominio o región biogeográfica europeo estructura la planificación (Directiva Hábitats y Red Natura 2000) y explica el contraste entre el Atlántico húmedo y el Mediterráneo estacional, además del Alpino (alta montaña) y el Macaronésico (Canarias) en el caso español [9]. En el plano biofísico, los pisos bioclimáticos (inframediterráneo, termomediterráneo, mesomediterráneo, supramediterráneo, oromediterráneo, etc.) y los ombrotipos (árido, seco, subhúmedo, húmedo, hiperhúmedo) permiten traducir temperatura y agua disponible en rangos ecológicos con gran poder predictivo sobre especies y formaciones [2][10][16]. Finalmente, la serie y la comunidad son las unidades operativas para inventariar, diagnosticar y gestionar la vegetación real en el territorio [1][6][7][8].
Introducción a la bioclimatología (termotipos y ombrotipos). El Sistema Bioclimático Mundial de Rivas‑Martínez define combinaciones de termotipo (gradiente térmico ligado a altitud y latitud) y ombrotipo (balance hídrico efectivo) que delimitan isobioclimas relativamente homogéneos para la vegetación [2]. En España, este marco explica que un mismo bioclima mediterráneo se exprese en bandas altitudinales (de termo‑ a oromediterráneo) y con variación hídrica (de seco a húmedo), coherente con la transición de matorrales esclerófilos a bosques y, en altura, a pastizales de montaña [2][10]. Estudios recientes muestran desplazamientos hacia condiciones más cálidas y secas en numerosos observatorios ibéricos desde mediados del siglo XX, con cambios en la frecuencia de ciertos termotipos y ombrotipos, lo que refuerza la utilidad del marco bioclimático para detectar y anticipar respuestas de la vegetación [16].
Métodos básicos de trabajo. La caracterización de comunidades mediante relevés y su clasificación sintaxonómica siguen escalas de cobertura y abundancia estandarizadas, lo que garantiza comparabilidad entre autores y regiones [7][8]. Para 2.º de Bachillerato, es suficiente con reconocer que: (a) los relevés describen quién está (lista florística) y cómo está (cobertura/abundancia), (b) la asociación es la unidad básica de comunidad, y (c) los mapas de series y de regiones biogeográficas permiten interpretar y explicar la distribución de las formaciones a múltiples escalas [1][4][9].
Idea clave: relacionar cada paisaje vegetal con su marco bioclimático (termotipo/ombrotipo), con su serie y con su región biogeográfica facilita explicar tanto la vegetación potencial como la actual resultante de la historia de usos del territorio [1][2][3][6][9][16].
2. Factores del medio físico
La climatología es el primer condicionante de la vegetación porque regula el balance entre energía (temperatura) y agua disponible (precipitación y evapotranspiración), así como su estacionalidad, que en España oscila entre el régimen atlántico —precipitación repartida, inviernos templados— y el mediterráneo —lluvias otoñales/primaverales y sequía estival— [9][11][12]. La aridez estival del dominio mediterráneo limita la actividad fotosintética y favorece estrategias esclerófilas y perennifolias frente a los bosques caducifolios atlánticos, que requieren mayor humedad edáfica durante el verano [2][9][11]. El gradiente térmico con la altitud, junto al descenso de la presión de vapor, genera pisos bioclimáticos (termo‑, meso‑, supra‑, oro‑) que se reflejan en cambios de formaciones a lo largo de las laderas; por su parte, los gradientes de humedad (ombrotipos) explican el paso de matorrales abiertos a bosques cerrados a igual temperatura [2][10][11].
El relieve modula el clima local mediante altitud, pendiente y orientación. Las laderas solanas (exposición sur) reciben más radiación, presentan mayor déficit hídrico y favorecen matorrales y bosques más xerófilos; las umbrías (exposición norte) conservan humedad y sostienen especies más exigentes en agua, a menudo con suelos más frescos y desarrollo de horizontes orgánicos [2][11][21]. La pendiente condiciona la infiltración y la erosión: suelos someros y pedregosos en pendientes fuertes limitan el porte arbóreo y favorecen matorrales y pastizales, mientras que las zonas de piedemonte y fondos de valle acumulan finos y agua, permitiendo bosques de ribera y cultivos leñosos [13][14][18]. En cordilleras como Pirineos, Cantábrica o Béticas, los efectos orográficos intensifican la precipitación a barlovento y generan sombreamiento pluviométrico a sotavento, con contrastes nítidos de vegetación en distancias cortas [11][12][21].
La litología y los suelos condicionan la química (pH, nutrientes, salinidad) y la retención de agua. Sobre rocas silíceas (granitos, pizarras) y suelos ácidos (p. ej., Cambisoles, Umbrisoles) prosperan brezos, robles acidófilos y pinares de pino silvestre; sobre calizas y dolomías con suelos básicos (Rendzinas/Leptosoles, Calcisoles) dominan encinares y sabinares, además de matorrales gipsófilos en yesos (Gypsisoles) y halófitos en saladares (Solonchaks) [13][14][21]. Los Vertisoles y Luvisoles de campiñas y depresiones retienen agua estacional, favoreciendo cultivos y dehesas con encinas dispersas, mientras que Leptosoles someros de laderas limitan el bosque y promueven matorral [13][14][21]. En áreas volcánicas (p. ej., Canarias), la porosidad de coladas y piroclastos condiciona la disponibilidad hídrica y la nutrición, influyendo en el pinar canario y los matorrales xerófilos [14].
La latitud determina la insolación anual y el recorrido de masas de aire; la continentalidad incrementa la amplitud térmica y acentúa las sequías estivales del interior meseteño; la oceanidad aporta suavidad térmica y humedad al litoral cantábrico y atlántico, donde se atenúa la sequía estival y prosperan caducifolios y prados [2][9][11][12]. En Canarias y en montañas húmedas, la nubosidad de estratocúmulos y la lluvia horizontal aportan agua adicional en cotas medias, explicando la presencia de laurisilva y fayal‑brezal en umbrías expuestas a los alisios [11][19].
La hidrología superficial y subterránea introduce gradientes locales decisivos. Los ríos y sus acuíferos aluviales sostienen bosques de ribera (alisedas, fresnedas, saucedas) y carrizales en llanuras de inundación; en lagunas y turberas se desarrollan comunidades hidrófilas especializadas con alto interés de conservación [15][18]. En cuencas endorreicas y margas yesíferas del sureste y del valle del Ebro, la salinidad y el encharcamiento estacional originan saladares y espadañales, mientras que en ramblas y bad‑lands dominan matorrales halonitrófilos y espartales adaptados a pulsos de crecida y aridez [13][14][15][18]. En conjunto, la interacción entre clima, relieve, sustrato e hidrología produce el mosaico de series y formaciones que caracteriza el territorio español y que se cartografía mediante mapas bioclimáticos y de series de vegetación [1][2][6][9][10].
Idea clave: el patrón de vegetación resulta de gradientes combinados (térmicos, hídricos, edáficos y topográficos) y de umbrales a partir de los cuales cambian bruscamente las formaciones. Reconocer esos gradientes permite explicar y predecir la distribución de las comunidades en mapas y transectos [1][2][10][11][14].
3. Factores bióticos, históricos y antrópicos
La composición y el reparto de la flora ibérica no pueden entenderse solo con clima y relieve: pesan con fuerza la historia (paleoclimas y migraciones), los procesos bióticos (competencia, dispersión, coevolución) y, muy especialmente, la acción humana prolongada en el tiempo [2][6][9].
En el último máximo glaciar (hace ~21 ka), grandes áreas de Europa central quedaron sometidas a climas fríos y secos que retrajeron los bosques. La Península Ibérica actuó como refugio glacial para numerosos taxones templados y mediterráneos, que persistieron en enclaves térmicamente favorables del litoral, valles bien orientados y sierras del tercio meridional [22][27]. Con el Holoceno, esos linajes emprendieron recolonizaciones postglaciales hacia el norte y la montaña, dejando huellas genéticas detectables en robles, hayas, pinos y encinas, así como en muchas herbáceas leñosas [22][27]. Esta historia explica por qué, a igualdad de clima, los ensamblajes ibéricos presentan combinaciones singulares y una elevada riqueza y endemismo en comparación con otras regiones europeas de latitud similar [22].
Los ecotonos de transición entre dominios —el contacto eurosiberiano‑mediterráneo a lo largo de la Cornisa Cantábrica, el piedemonte de la Ibérica y sectores del Prepirineo— concentran diversidad por el solapamiento de rangos ecológicos y por la heterogeneidad topográfica [9][11]. A escala regional, la Galicia y la fachada cantábrica combinan caducifolios atlánticos con elementos mediterráneos en solanas y fondos abrigados, mientras que en la Meseta domina el componente mediterráneo con incursiones de taxa atlánticos en riberas y umbrías silíceas; el valle del Ebro y el sureste semiárido constituyen corredores para floras xerófitas de afinidad este‑mediterránea [9][11][21][22]. El aislamiento insular y altitudinal ha favorecido la especiación, con particular intensidad en Canarias (Macaronesia), donde la tasa de endemismos por isla y piso es excepcional en Europa [9][19][22].
Los procesos bióticos modulan la estructura de las comunidades. La competencia por el agua en ambientes mediterráneos selecciona rasgos como hojas pequeñas y duras, sistemas radicales profundos y fenologías desplazadas hacia primavera e invierno; la herbivoría y el pastoreo favorecen especies rebrotadoras y defensas químicas; las interacciones mutualistas (polinizadores generalistas, dispersión por aves y mamíferos) influyen en la expansión de matorrales y quercíneas tras perturbaciones [2][6][16][26]. En mosaicos agro‑silvopastorales, la dispersión por ganado y la aportación de nutrientes generan gradientes edáficos que estabilizan combinaciones de pastizal‑matorral‑arbolado de alto valor ecológico y cultural [26].
La acción humana ha sido el factor de cambio dominante desde el Neolítico. La deforestación histórica para carbón, construcción naval y roturaciones agrícolas abrió el paisaje y promovió etapas seriales persistentes (matorrales, pastizales, espartales) en sustitución de bosques potenciales [1][6][24]. En la mitad occidental, el manejo secular de encinares y alcornocales originó las dehesas, un sistema agro‑silvopastoral que integra quercíneas dispersas, pastos y cultivos y que mantiene altos niveles de biodiversidad ligada a claros y bordes [26]. Entre los siglos XX y XXI, las repoblaciones forestales con coníferas y eucaliptos sobre suelos pobres y laderas erosionadas cambiaron rasgos estructurales y, en ocasiones, el régimen de incendios y el balance hídrico local [24].
El fuego es un elemento natural del clima mediterráneo, pero su régimen (frecuencia, estacionalidad, severidad) se ha visto alterado por la ignición antrópica y por cambios en la continuidad de combustibles asociados al abandono rural, lo que favorece grandes incendios bajo olas de calor [16][23][26]. La vegetación mediterránea presenta altas capacidades de rebrote y germinación estimulada por calor/humo, pero la repetición de incendios en intervalos cortos puede empobrecer el banco de semillas y provocar retrocesos a matorrales abiertos o pastizales degradados [16][23].
Las especies exóticas invasoras constituyen otro frente de cambio: el Catálogo español regula su control por el impacto sobre comunidades riparias, dunas y sistemas insulares (p. ej., caña Arundo donax, uña de gato Carpobrotus, visón americano, entre otras) [25]. En paralelo, el cambio climático está desplazando isoclinas térmicas e hídricas, elevando límites altitudinales de muchas especies, alterando fenologías y favoreciendo la expansión de taxa termófilos; en contraste, los caducifolios atlánticos podrían ver reducida su idoneidad en cotas bajas del sur y del interior [11][12][16]. Estas tendencias obligan a gestión adaptativa: mosaicos menos continuos de combustible, restauración basada en series potenciales y diversificación genético‑específica para reforzar resiliencia [1][3][16][23][26].
Idea clave: la vegetación actual es el resultado de trayectorias históricas y forzamientos antrópicos superpuestos sobre un marco bioclimático; reconocer refugios, ecotonos y legados de uso del suelo es imprescindible para explicar su distribución y para planificar conservación y restauración [1][2][6][9][16][22][23][26].
4. Rasgos generales de la vegetación española
El territorio español se caracteriza por una alta diversidad florística y por el contraste entre dominios biogeográficos atlántico, mediterráneo, alpino (alta montaña) y macaronésico (Canarias). Esta diversidad se explica por la posición peninsular entre Atlántico y Mediterráneo, la complejidad orográfica, los fuertes gradientes térmicos e hídricos y una historia biogeográfica marcada por refugios glaciales y recolonizaciones holocenas [2][9][11][22].
En conjunto, la vegetación forma un mosaico en el que se alternan bosques, matorrales y pastizales según el termotipo y el ombrotipo (gradientes térmico e hídrico), modulados por la litología y la topografía locales. Así, a condiciones más cálidas y secas predominan formaciones esclerófilas y matorrales perennifolios, mientras que en climas templados y húmedos se consolidan caducifolios y prados; en altura, el descenso térmico organiza pisos altitudinales y, por encima del límite del arbolado, dominan pastizales y matorrales oromontanos [2][10][11][12].
La estructura vertical (altura y estratos) y la fisionomía (cobertura, porte, hoja) varían sistemáticamente con el balance hídrico: a mayor aridez, hojas pequeñas y duras, copas más discontinuas y mayor inversión en raíces; a mayor humedad, copas cerradas, sotobosque desarrollado y mayor acumulación de materia orgánica en el suelo. Estas reglas generales permiten predecir cambios de formación en transectos climáticos y altitudinales y constituyen la base de los mapas bioclimáticos y de series de vegetación para España [1][2][6][10].
Son frecuentes las series de degradación de los bosques potenciales por perturbación histórica (tala, fuego, pastoreo): sobre calizas, el encinar potencial se expresa a menudo como maquia, garriga o tomillar; sobre sustratos silíceos, jarales y brezales sustituyen a robledales; en ombrotipos secos o muy secos aparecen espartales y matorrales abiertos. Estas etapas seriales no son meramente “empobrecidas”: poseen dinámica propia, valor de hábitat y pueden evolutivamente reconducirse hacia estructuras más arboladas si cesa la perturbación y lo permite el clima [1][6][24].
Junto a las formaciones zonales, destacan formaciones azonales y edáficas fuertemente condicionadas por el agua, la salinidad o el tipo de sustrato. En riberas y llanuras de inundación, con suelos frescos y niveles freáticos someros, prosperan alisedas, fresnedas, saucedas y choperas, acompañadas de carrizales y eneales en márgenes encharcadizos [15][18]. En humedales costeros e interiores aparecen comunidades hidrófilas y helófitas de alto interés ecológico y reguladas por figuras de protección europeas y estatales [9][15][18]. En dunas costeras, la vegetación psamófila fija los cordones con adaptaciones a la movilidad del sustrato; en saladares y depresiones endorreicas dominan halófitas que toleran elevadas conductividades; en yesos proliferan gipsófitas especializadas que confieren singularidad a cuencas del Ebro y del sureste [13][14][15][18][21].
Otra pauta general es la transición atlántico–mediterránea: en la fachada cantábrica y en valles húmedos del noroeste se mantienen bosques caducifolios y praderías, mientras que hacia el interior y el este la creciente estacionalidad de las lluvias y la mayor continentalidad favorecen encinares, quejigales y matorrales xerófilos. Este contacto de dominios crea ecotonos muy diversos, sensibles a variaciones climáticas y a cambios de uso del suelo [9][11][12][21].
En síntesis, los rasgos generales de la vegetación española son: un alto grado de heterogeneidad espacial, la coexistencia de series en diferentes etapas sucesionales, la presencia de formaciones azonales ligadas a agua, sales o yesos, y fuertes gradientes altitudinales y latitudinales que estructuran la distribución desde el ámbito atlántico al mediterráneo y, más allá, a la singularidad macaronésica de Canarias [1][2][6][9][10][11][12][14][15][18][21][22].
5. Dominio Atlántico
El dominio atlántico se extiende por la fachada cantábrica y gran parte de Galicia, con prolongación en los Pirineos occidentales y enclaves montanos húmedos. Presenta clima templado y húmedo, con precipitaciones anuales generalmente elevadas y escasa o nula sequía estival, lo que favorece bosques caducifolios densos y prados permanentes frente a las formaciones esclerófilas mediterráneas del interior [9][11][12].
Las formaciones caducifolias constituyen el arquetipo de este dominio. Destacan los hayedos (Fagus sylvatica) en ambientes montanos y de umbría, sobre suelos frescos tanto calcáreos como silíceos, con sotobosque nemoral y frecuente presencia de acebo (Ilex aquifolium) y tejo relicto (Taxus baccata) [9][11]. Los robledales templados incluyen masas de Quercus robur (las tradicionales carballeiras gallegas y del occidente cantábrico) y Q. petraea en rangos montanos y pirenaicos; en posiciones más continentales o térmicas aparece Q. pyrenaica (marcescente) como formación de transición hacia el interior [9][11][12]. En laderas y altiplanos ácidos son comunes brezales y tojares (Erica, Calluna, Ulex), a menudo formando parte de las etapas seriales de robledales y hayedos sobre suelos pobres [9][14][21].
En la alta montaña pirenaica se desarrollan coníferas naturales como el abetal (Abies alba) en valles húmedos montanos y el pinar de pino negro (Pinus uncinata) en el piso subalpino, mientras que el pino silvestre (Pinus sylvestris) aparece en rangos montanos de la Cordillera Cantábrica y sectores pirenaicos, con distribución más amplia hacia el interior [9][11][12]. Estas coníferas forman parte de pisos altitudinales bien definidos: colino de robledales, montano de hayedos y abetales, subalpino de pino negro y, por encima del límite del bosque, pastizales y matorrales oromontanos [2][11].
Los bosques de ribera son elementos clave del paisaje atlántico por la elevada disponibilidad de agua y la dinamia fluvial. Predominan alisedas (Alnus glutinosa), saucedas (Salix spp.) y fresnedas (Fraxinus), acompañadas por choperas y una franja de helófitas (carrizales y eneales) en zonas de inundación estacional; actúan como corredores ecológicos y amortiguan crecidas, erosión y temperaturas extremas [15][18].
La distribución regional muestra matices claros. En Galicia, las carballeiras de Q. robur y los bosques mixtos con abedul (Betula) se combinan con amplias superficies de prados de siega y brezales sobre suelos ácidos [9][11][21]. En Asturias y Cantabria dominan hayedos y robledales con enclaves calcícolas y silicícolas, además de landas montanas; en el País Vasco son característicos los hayedos montanos y los robledales colinos; en Navarra y Pirineos occidentales destaca el conjunto hayedo‑abetal y el paso a coníferas subalpinas hacia cotas altas [9][11][12].
El uso histórico del territorio ha introducido cambios notables: el reemplazo de frondosas por prados y, más recientemente, la expansión de plantaciones forestales (p. ej., pino radiata y eucaliptos) en Galicia y la cornisa cantábrica ha simplificado la estructura y alterado el régimen de combustibles, si bien coexisten con redes de espacios protegidos que conservan hayedos, robledales y riberas de alto valor [9][18][24]. La cartografía de series de vegetación y los inventarios de hábitats europeos permiten reconocer la sucesión desde landas y matorrales hacia frondosas caducifolias donde las condiciones edáficas y de manejo lo facilitan [1][6][9].
Idea clave: el dominio atlántico se identifica por la combinación de clima húmedo sin sequía estival, bosques caducifolios (hayedos y robledales) y riberas bien desarrolladas, con coníferas naturales restringidas a pisos montanos y subalpinos y un marcado gradiente altitudinal que organiza las formaciones [2][9][11][12][15][18].
6. Dominio Mediterráneo (peninsular y balear)
El dominio mediterráneo ocupa la mayor parte del interior peninsular, la fachada levantina y meridional y el archipiélago balear. Su rasgo climático definitorio es la sequía estival combinada con lluvias concentradas en otoño y primavera, con marcada estacionalidad térmica y gran diversidad de situaciones locales por litología y relieve [2][9][11][12]. La vegetación muestra adaptaciones a la escasez hídrica estival (esclerofilia, perennifolia, raíces profundas, fenologías desplazadas) y se organiza en pisos bioclimáticos (termo‑, meso‑, supra‑ y oromediterráneo) que explican la sucesión altitudinal de formaciones [2][10][16].
Entre las quercíneas destacan los encinares (Quercus ilex subsp. ballota) como bosque potencial más extendido en ombrotipos de secos a subhúmedos, tanto sobre calizas (con maquias y garrigas de sustitución) como sobre sustratos silíceos (con jarales acidófilos), y con manejo histórico en dehesas en el oeste y suroeste [1][6][9][14][26]. Los alcornocales (Quercus suber) ocupan áreas termomediterráneas y mesomediterráneas húmedas sobre suelos silíceos o descarbonatados del oeste y sur peninsular y en sectores de Baleares, con dinámica serial hacia madroñales y brezales en condiciones ácidas [9][11][14]. Los quejigales (Quercus faginea) son formaciones de transición mesomediterránea, de mayor demanda hídrica que la encina, que aparecen en umbrías y piedemontes calizos del centro‑este y noreste, a menudo en mosaico con carrascales [9][11][21].
Los matorrales mediterráneos constituyen etapas seriales y comunidades maduras según el sustrato y el clima. La maquia es un matorral denso, alto y perennifolio (p. ej., Arbutus unedo, Phillyrea latifolia, Pistacia lentiscus), frecuente en suelos húmedos o perturbados; la garriga es un matorral bajo, abierto y calcícola, con caméfitos aromáticos (Rosmarinus/Salvia, Thymus) y sabinas o enebros dispersos; los tomillares y jarales (Cistus spp.) ocupan suelos pobres y soleados, siendo típicos de etapas post‑incendio o post‑roza [1][6][11][14]. En yesos y margas aparecen matorrales gipsófilos de alto endemismo; en saladares interiores, comunidades halófitas adaptadas a la salinidad y al encharcamiento estacional [13][14][21].
Los pinares mediterráneos pueden ser naturales o de repoblación y desempeñan un papel clave en la dinámica serial y la protección de suelos. El pino carrasco (Pinus halepensis) domina en el Levante y valle del Ebro en ombrotipos secos; el pino piñonero (Pinus pinea) aparece en llanuras arenosas litorales y campiñas; el pino rodeno o resinero (Pinus pinaster) ocupa suelos silíceos del occidente y centro; el pino laricio (Pinus nigra subsp. salzmannii) se sitúa en pisos supramediterráneos de sistemas Ibérico y Bético [9][11][12][24]. Muchos montes repoblados con coníferas han modificado estructura y continuidad de combustibles, pero también estabilizan taludes y facilitan transiciones hacia frondosas si las condiciones lo permiten [24].
Las riberas mediterráneas muestran mayor estacionalidad y pulsos de crecida, con alamedas y saucedas dominantes (Populus, Salix), acompañadas de olmedas (Ulmus minor) y tamarizales (Tamarix) en tramos salinos o con encharcamiento estival; constituyen corredores ecológicos esenciales en paisajes agrícolas [15][18]. En el sureste semiárido (Murcia‑Almería‑Alicante interior) y en sectores del valle del Ebro, el déficit hídrico y los suelos yesíferos favorecen espartales (Macrochloa/Stipa tenacissima) y tomillares esteparios, con halófitos en depresiones y endorreísmos; en laderas margosas y bad‑lands dominan matorrales abiertos de gran fragilidad [13][14][15][18][21].
La distribución regional refleja estos gradientes: en la Meseta Sur y Submeseta Norte cálida predominan encinares y quejigales con extensas dehesas; en el valle del Guadalquivir aparecen encinares termófilos, alcornocales y acebuchales; en el valle del Ebro alternan pinares de carrasco y laricio con garrigas y tomillares calcícolas; el litoral levantino combina maquias y pinares litorales con enclaves húmedos de albuferas y marjales; en Baleares son característicos los pinares de Pinus halepensis, encinares mesomediterráneos, garrigas calcícolas y un notable contingente de endemismos insulares [9][11][12][21][22].
En el dominio mediterráneo, la resiliencia al fuego y a la perturbación es alta (rebrote en quercíneas, germinación serótina o piroestimulada en cistáceas y pinos), pero los cambios en el régimen de incendios asociados al abandono rural y a olas de calor pueden degradar las trayectorias sucesionales y favorecer matorrales más abiertos y combustibles continuos; la gestión adaptativa integra mosaicos menos continuos, restauración basada en series potenciales y diversificación específica y genética [16][23][24][26].
Idea clave: el dominio mediterráneo se reconoce por la sequía estival, los bosques de quercíneas y los matorrales esclerófilos modulados por sustrato y relieve, con pinares amplios y riberas estacionales, y con transiciones hacia paisajes semiáridos en el sureste y el valle del Ebro [1][2][6][9][10][11][12][14][15][18][21][22][24][26].
7. Vegetación de montaña y alta montaña
Las montañas ibéricas organizan la vegetación en pisos altitudinales por el descenso térmico con la altitud, el aumento de la aridez atmosférica y la mayor exposición al viento y a la nieve. A estos gradientes se superpone la orientación (solana/umbría), la litología y la continentalidad, de modo que un mismo piso presenta expresiones distintas en Pirineos, Cordillera Cantábrica, Sistemas Central e Ibérico o Béticas [2][9][11][12][21].
En el piso montano predominan frondosas templadas y coníferas según dominio. En el sector eurosiberiano (Pirineos occidentales y áreas húmedas cantábricas) se desarrollan hayedos y robledales con abedulares y, localmente, abetales (Abies alba) en valles umbrosos y húmedos [9][11][12]. En el interior continental y silíceo del Sistema Central y sierras ibéricas, el papel estructural recae en pinares de pino silvestre (Pinus sylvestris) y robledales marcescentes de Quercus pyrenaica, con brezales y piornales acidófilos como etapas seriales en suelos pobres [9][11][14][21].
El piso subalpino marca la transición al límite del arbolado. En Pirineos domina el pinar de pino negro (Pinus uncinata), bien adaptado a inviernos largos y suelos poco evolucionados; en la Cordillera Cantábrica y el Sistema Central, el arbolado alcanza su límite alto con pino silvestre y formaciones dispersas, mientras que en el Sistema Ibérico y en sierras béticas meridionales aparece pino laricio (Pinus nigra subsp. salzmannii) en umbrías frías y crestones calizos [2][9][11][12]. La cota del límite del bosque varía regionalmente (en torno a 1.600–1.800 m en la Cantábrica, 1.800–2.100 m en el Sistema Central y 2.200–2.400 m en Pirineos), modulada por exposición y régimen nival [11][12].
Por encima del arbolado se extienden formaciones de alta montaña condicionadas por vientos fuertes, crioclastia, suelos someros y una estación de crecimiento breve. En el ámbito eurosiberiano pirenaico se disponen pastizales subalpinos (p. ej., Nardus stricta) y alpinos (festucales y praderas de alta montaña) intercalados con enebrales rastreros y cojinares; en cumbres silíceas del Sistema Central son típicos los piornales oromediterráneos (Cytisus oromediterraneus y Genista/Juniperus rastreros) y cervunales ventosos, con canchales y turberas relictas en cubetas nivales [2][9][11][12][21]. En el Sistema Ibérico abundan sabinares rastreros (Juniperus sabina) y pastizales secos oromediterráneos en crestas calizas; en béticas altas (Sierra de Segura‑Cazorla y Sierras de Gádor‑Filabres) aparecen matorrales almohadillados adaptados a la insolación y a los suelos pedregosos [9][11][21][22].
La Sierra Nevada representa el caso más extremo por altitud y aislamiento. Sobre el piso oromediterráneo y, ya en el crioromediterráneo más alto, se desarrollan matorrales almohadillados (p. ej., Erinacea anthyllis), pastizales de alta montaña con numerosos endemismos (Plantago nivalis, entre otros) y borreguiles (praderas higrófilas envasadas) asociados a encharcamiento por fusión nival; el límite del arbolado se sitúa en cotas superiores a otras sierras peninsulares [9][11][12][22].
Estos pisos han sido históricamente modelados por usos ganaderos de tránsito estival (trasterminancia y trashumancia) que favorecieron pastizales densos y expansión de matorrales almohadillados cuando cesó el arbolado; el abandono reciente y el cambio en el régimen de incendios han modificado la continuidad de combustibles y la dinámica de regeneración de pinos y frondosas [23][24][26].
El cambio climático está elevando isoclinas térmicas y desplazando hacia arriba el límite del bosque y los rangos de muchas especies, con riesgo de pérdida de hábitat para endemismos de cumbres y de simplificación de mosaicos subalpinos; las estrategias de conservación priorizan la conectividad altitudinal, la reducción de presiones en cumbres y la restauración basada en series potenciales [11][12][16][22][23].
Idea clave: la vegetación de montaña española responde a una secuencia altitudinal regular —montano, subalpino y alta montaña (oromediterráneo y, localmente, crio‑)— cuya expresión varía por dominio, litología y uso histórico, con especial singularidad y vulnerabilidad en las cumbres béticas y pirenaicas [2][9][11][12][16][21][22][23].
8. Vegetación canaria (Macaronesia)
El archipiélago canario pertenece a la región biogeográfica macaronésica y presenta una vegetación marcada por gradientes altitudinales muy nítidos, la inversión térmica y el influjo de los alisios, que generan bancos de nubes y lluvia horizontal en las fachadas de barlovento de las islas occidentales y centrales [9][11][19]. La combinación de aislamiento insular, relieve volcánico y contrastes de aridez explica una tasa muy alta de endemismos y la presencia de formaciones únicas en Europa [9][19][22].
De costa a cumbres, puede reconocerse una secuencia de pisos característicos, con variaciones según isla y exposición:
- Piso basal o infracanario (seco a muy seco, cálido). Dominan los matorrales xerófilos de tabaibales‑cardonales (Euphorbia balsamifera, E. canariensis) con elementos halófilos en costas y balos y atochares en suelos arenosos y pedregosos. Es el piso más extendido en islas orientales (Lanzarote y Fuerteventura), donde la aridez y los vientos limitan la presencia de pisos superiores [9][11][19][22].
- Bosque termófilo (termo‑ a mesocanario seco‑subhúmedo). En laderas abrigadas aparecen sabinares (Juniperus turbinata subsp. canariensis), acebuchales (Olea europaea subsp. guanchica), palmerales de Phoenix canariensis y formaciones con drago (Dracaena draco), hoy muy fragmentadas por usos agrarios e infraestructuras litorales [9][11][19][22].
- Laurisilva (mesocanario húmedo). En barloventos expuestos a alisios y bajo la capa de estratocúmulos se desarrolla el monteverde de laurisilva (Ocotea, Laurus, Persea, Ilex, entre otras) acompañado de fayal‑brezal (Myrica faya, Erica arborea) en bordes y situaciones edáficas o más secas. Es relicto de los bosques subtropicales del Terciario y alcanza su máxima representación en La Gomera (Garajonay), además de Tenerife y La Palma; su existencia depende en gran medida de la lluvia horizontal y de la persistencia de bancos nubosos [9][11][19][22].
- Pinar canario (supracanario). El Pinus canariensis forma pinares extensos en laderas medias‑altas de islas centrales y occidentales, con sotobosques variables según exposición y suelos volcánicos. Presenta alta tolerancia a sequía y gran capacidad de rebrote epicórmico tras incendios gracias a su corteza gruesa y yemas protegidas, rasgos clave para la dinámica postfuego [11][19][23].
- Matorrales de cumbre (orocanario). Sobre el límite del bosque, especialmente en Tenerife (Teide) y La Palma, aparecen retamares‑codesares (Spartocytisus supranubius, Adenocarpus), tajinastales (Echium spp.) y pastizales abiertos sobre coladas y pumitas, con numerosos endemismos adaptados a altas radiaciones, heladas y suelos someros [9][11][19][22].
La distribución insular responde a diferencias de altitud máxima y a la aridez. Las islas occidentales (La Palma, La Gomera, Tenerife, El Hierro) concentran la laurisilva y los pinares por la mayor altura y el efecto de los alisios, mientras que las orientales (Lanzarote y Fuerteventura) quedan dominadas por tabaibales‑cardonales y estepas litorales. Gran Canaria combina todos los pisos, aunque con fuerte fragmentación en el bosque termófilo [9][11][19][22].
Entre los impactos destacan incendios de gran extensión en islas occidentales, la urbanización y turistificación litorales, la presión sobre acuíferos y especies invasoras como Pennisetum setaceum (rabo de gato), que alteran regímenes de combustible y compiten con endemismos; aun así, la red de protección (parques nacionales de Teide, Garajonay, Caldera de Taburiente y Timanfaya, junto a espacios Natura 2000) salvaguarda muestras representativas de todos los pisos [9][18][19][23]. La gestión prioriza la conectividad entre manchas de monteverde y pinar, el control de invasoras, la restauración del bosque termófilo y la prevención de incendios en paisajes con interfaz urbano‑forestal [18][19][23][26].
Idea clave: los pisos basal xerófilo – termófilo – laurisilva – pinar – cumbre orocanaria organizan la vegetación canaria a escala insular y altitudinal, con una dependencia crítica de los alisios y de la lluvia horizontal, y con altísima singularidad y endemismo que exige gestión y conservación específicas [9][11][18][19][22][23][26].
9. Problemática actual, conservación y representación
Los paisajes de vegetación españoles afrontan presiones crecientes que modifican su estructura, funcionamiento y distribución espacial. Entre los procesos más relevantes figuran el cambio climático, los incendios forestales de gran extensión, la desertificación y la fragmentación de hábitats, además de la expansión de especies exóticas invasoras [9][11][12][16][20][23][25].
El cambio climático se manifiesta en tendencias a temperaturas más altas, incremento de olas de calor y, en gran parte del dominio mediterráneo, descensos o mayor irregularidad de la precipitación, lo que agrava la aridez estival y desplaza isoclinas térmicas y ombrotipos hacia condiciones más cálidas y secas [11][12][16]. Estas dinámicas favorecen la elevación del límite altitudinal del bosque y la expansión de especies termófilas, mientras que caducifolios atlánticos y comunidades de montaña ven reducido su espacio potencial en cotas bajas; los humedales y riberas sufren alteraciones por sequías más prolongadas y eventos extremos [11][12][15][16][18]. La planificación de conservación integra estos escenarios mediante gestión adaptativa y cartografía bioclimática para anticipar cambios de rango [2][10][16].
El régimen de incendios ha cambiado por la combinación de abandono rural (aumento de continuidad de combustibles), interfaces urbano‑forestales y episodios meteorológicos extremos. La vegetación mediterránea presenta alta capacidad de rebrote y germinación pirodependiente, pero incendios recurrentes en intervalos cortos pueden degradar series y promover matorrales abiertos menos estables, pérdidas de suelo y efectos hidrológicos negativos [16][23][24]. Las estrategias actuales incluyen mosaicos de combustible menos continuos, selvicultura preventiva, restauración postincendio basada en series potenciales y priorización de riberas y laderas inestables [1][3][16][23][24].
La desertificación es un riesgo en amplias áreas del sureste peninsular, en sectores del valle del Ebro y en zonas interiores con suelos frágiles, por la confluencia de aridez, erosión hídrica y eólica, salinización y sobreexplotación hídrica y edáfica [13][14][15][18][20][21]. Los programas estatales vinculados a la Convención de Lucha contra la Desertificación evalúan susceptibilidad y priorizan medidas de manejo del suelo, reforestación adecuada al ombrotipo y eficiencia del uso del agua [20].
La fragmentación de hábitats por infraestructuras, urbanización y ciertas intensificaciones agrarias reduce conectividad y permeabilidad del territorio, afectando flujos de polinización y dispersión y la resiliencia frente a perturbaciones [9]. En riberas, la regulación y canalización fluvial empobrecen comunidades y rompen la dinámica de inundación, con impactos acumulativos sobre el estado ecológico de masas de agua [15][18]. Las especies exóticas invasoras alteran composición y funcionamiento en dunas, riberas y sistemas insulares; su control está regulado por el Catálogo español y requiere prevención, erradicación temprana y restauración del hábitat [25].
En materia de conservación, España forma parte de la Red Natura 2000, que se estructura en Zonas de Especial Conservación (ZEC) y Zonas de Especial Protección para las Aves (ZEPA), basadas en los anexos de la Directiva Hábitats y la Directiva Aves; estos instrumentos, junto con Parques Nacionales y el resto de la red autonómica de espacios protegidos, salvaguardan muestras representativas de bosques atlánticos, encinares y alcornocales, pinares mediterráneos, humedales, laurisilva y matorrales orocanarios, entre otros [9][18][19]. La gestión contemporánea incorpora planes de manejo por hábitat y por especie, objetivos de conectividad y de adaptación climática, y coordinación con políticas forestales y agrarias [9][18].
Herramientas de representación y análisis empleadas en 2.º de Bachillerato:
- Climogramas (p. ej., Gaussen‑Bagnouls): representan, por meses, temperatura media y precipitación; existe sequía cuando P (mm) < 2·T (°C). Su lectura permite inferir periodos secos, estacionalidad de lluvias y, en conexión con el marco bioclimático, anticipar formaciones esperables [11][12].
- Transectos altitudinales o latitudinales: se relacionan pisos bioclimáticos (termo‑, meso‑, supra‑, oro‑, crio‑) y ombrotipos con cambios fisionómicos (de matorrales a bosques y pastizales de cumbre). Son útiles para explicar umbrales (límite del arbolado, paso a caducifolios) y el papel de solanas/umbrías [2][10][11].
- Mapas de series de vegetación: cartografían series y etapas (clímacica y seriales) a escala regional, permitiendo diagnosticar trayectorias sucesionales y orientar restauraciones acordes con el potencial del sitio [1][6].
- CORINE Land Cover (CLC): base europea de coberturas del suelo (clases 1‑5: superficies artificiales, agrícolas, forestales‑seminaturales, humedales y aguas), con unidad mínima de mapeo de 25 ha y ancho mínimo de 100 m. Sirve para identificar cambios de uso/cobertura por periodos y evaluar procesos de artificialización, intensificación o recuperación de vegetación leñosa [17].
Idea clave: los problemas actuales derivan de forzamientos climáticos y antrópicos que actúan sobre un mosaico ya diverso y dinámico; su abordaje combina gestión adaptativa, conectividad, control de invasoras, manejo del fuego y restauración guiada por series y por el marco bioclimático, apoyándose en herramientas como climogramas, transectos, cartografía de series y CORINE [1][2][3][6][9][10][11][12][15][16][17][18][19][20][21][23][24][25].
9. Problemática actual, conservación y representación
Los paisajes de vegetación españoles afrontan presiones crecientes que modifican su estructura, funcionamiento y distribución espacial. Entre los procesos más relevantes figuran el cambio climático, los incendios forestales de gran extensión, la desertificación y la fragmentación de hábitats, además de la expansión de especies exóticas invasoras [9][11][12][16][20][23][25].
El cambio climático se manifiesta en tendencias a temperaturas más altas, incremento de olas de calor y, en gran parte del dominio mediterráneo, descensos o mayor irregularidad de la precipitación, lo que agrava la aridez estival y desplaza isoclinas térmicas y ombrotipos hacia condiciones más cálidas y secas [11][12][16]. Estas dinámicas favorecen la elevación del límite altitudinal del bosque y la expansión de especies termófilas, mientras que caducifolios atlánticos y comunidades de montaña ven reducido su espacio potencial en cotas bajas; los humedales y riberas sufren alteraciones por sequías más prolongadas y eventos extremos [11][12][15][16][18]. La planificación de conservación integra estos escenarios mediante gestión adaptativa y cartografía bioclimática para anticipar cambios de rango [2][10][16].
El régimen de incendios ha cambiado por la combinación de abandono rural (aumento de continuidad de combustibles), interfaces urbano‑forestales y episodios meteorológicos extremos. La vegetación mediterránea presenta alta capacidad de rebrote y germinación pirodependiente, pero incendios recurrentes en intervalos cortos pueden degradar series y promover matorrales abiertos menos estables, pérdidas de suelo y efectos hidrológicos negativos [16][23][24]. Las estrategias actuales incluyen mosaicos de combustible menos continuos, selvicultura preventiva, restauración postincendio basada en series potenciales y priorización de riberas y laderas inestables [1][3][16][23][24].
La desertificación es un riesgo en amplias áreas del sureste peninsular, en sectores del valle del Ebro y en zonas interiores con suelos frágiles, por la confluencia de aridez, erosión hídrica y eólica, salinización y sobreexplotación hídrica y edáfica [13][14][15][18][20][21]. Los programas estatales vinculados a la Convención de Lucha contra la Desertificación evalúan susceptibilidad y priorizan medidas de manejo del suelo, reforestación adecuada al ombrotipo y eficiencia del uso del agua [20].
La fragmentación de hábitats por infraestructuras, urbanización y ciertas intensificaciones agrarias reduce conectividad y permeabilidad del territorio, afectando flujos de polinización y dispersión y la resiliencia frente a perturbaciones [9]. En riberas, la regulación y canalización fluvial empobrecen comunidades y rompen la dinámica de inundación, con impactos acumulativos sobre el estado ecológico de masas de agua [15][18]. Las especies exóticas invasoras alteran composición y funcionamiento en dunas, riberas y sistemas insulares; su control está regulado por el Catálogo español y requiere prevención, erradicación temprana y restauración del hábitat [25].
En materia de conservación, España forma parte de la Red Natura 2000, que se estructura en Zonas de Especial Conservación (ZEC) y Zonas de Especial Protección para las Aves (ZEPA), basadas en los anexos de la Directiva Hábitats y la Directiva Aves; estos instrumentos, junto con Parques Nacionales y el resto de la red autonómica de espacios protegidos, salvaguardan muestras representativas de bosques atlánticos, encinares y alcornocales, pinares mediterráneos, humedales, laurisilva y matorrales orocanarios, entre otros [9][18][19]. La gestión contemporánea incorpora planes de manejo por hábitat y por especie, objetivos de conectividad y de adaptación climática, y coordinación con políticas forestales y agrarias [9][18].
Herramientas de representación y análisis empleadas en 2.º de Bachillerato:
- Climogramas (p. ej., Gaussen‑Bagnouls): representan, por meses, temperatura media y precipitación; existe sequía cuando P (mm) < 2·T (°C). Su lectura permite inferir periodos secos, estacionalidad de lluvias y, en conexión con el marco bioclimático, anticipar formaciones esperables [11][12].
- Transectos altitudinales o latitudinales: se relacionan pisos bioclimáticos (termo‑, meso‑, supra‑, oro‑, crio‑) y ombrotipos con cambios fisionómicos (de matorrales a bosques y pastizales de cumbre). Son útiles para explicar umbrales (límite del arbolado, paso a caducifolios) y el papel de solanas/umbrías [2][10][11].
- Mapas de series de vegetación: cartografían series y etapas (clímacica y seriales) a escala regional, permitiendo diagnosticar trayectorias sucesionales y orientar restauraciones acordes con el potencial del sitio [1][6].
- CORINE Land Cover (CLC): base europea de coberturas del suelo (clases 1‑5: superficies artificiales, agrícolas, forestales‑seminaturales, humedales y aguas), con unidad mínima de mapeo de 25 ha y ancho mínimo de 100 m. Sirve para identificar cambios de uso/cobertura por periodos y evaluar procesos de artificialización, intensificación o recuperación de vegetación leñosa [17].
Idea clave: los problemas actuales derivan de forzamientos climáticos y antrópicos que actúan sobre un mosaico ya diverso y dinámico; su abordaje combina gestión adaptativa, conectividad, control de invasoras, manejo del fuego y restauración guiada por series y por el marco bioclimático, apoyándose en herramientas como climogramas, transectos, cartografía de series y CORINE [1][2][3][6][9][10][11][12][15][16][17][18][19][20][21][23][24][25].
Fuentes y referencias
- Ministerio para la Transición Ecológica y el Reto Demográfico (MITECO). "Memoria del Mapa de Series de Vegetación de España." Banco de Datos de la Naturaleza. https://www.miteco.gob.es/es/biodiversidad/servicios/banco-datos-natural...
- Rivas‑Martínez, S. "Global Bioclimatics. Preámbulo y propuestas bioclimáticas." (compendio). PDF. https://virtual.unju.edu.ar/pluginfile.php/163954/mod_resource/content/4...
- Universidad Politécnica de Madrid (UPM). "Diagrama ombrotérmico de Gaussen: criterio P < 2T y período seco." Nota docente. https://moodle.upm.es/en-abierto/pluginfile.php/172/mod_label/intro/gaus...
- Instituto Geográfico Nacional (IGN). Atlas Nacional de España. "Capítulo 05. Biogeografía y suelos." PDF. https://www.ign.es/web/resources/docs/IGNCnig/ANE/Capitulos/05_Biogeogra...
- MITECO. "Atlas y Manual de los Hábitats Naturales y Seminaturales de España." Banco de Datos de la Naturaleza. https://www.miteco.gob.es/es/biodiversidad/servicios/banco-datos-natural...
- Real Jardín Botánico (CSIC). "Flora Iberica: Plantas vasculares de la Península Ibérica e Islas Baleares." Portal oficial. https://www.floraiberica.es/
- Agencia Estatal de Meteorología (AEMET). "Mapas climáticos de España (1991–2020) y ETo (1996–2020)." Publicación (2024). https://cpage.mpr.gob.es/producto/mapas-climaticos-de-espana-1991-2020-y...
- AEMET. "Atlas Climático Ibérico (1971–2000)." PDF. https://www.aemet.es/documentos/es/divulgacion/publicaciones/Atlas-clima...
- MITECO. "La Red Natura 2000 en España." Información general y datos. https://www.miteco.gob.es/es/biodiversidad/temas/espacios-protegidos/red...
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- AEMET. "Mapas climáticos de España (1981–2010) y ETo (1996–2016)." PDF. https://www.aemet.es/documentos/es/conocermas/recursos_en_linea/publicac...
- AEMET. "Guía resumida del clima en España (1981–2010)." https://www.aemet.es/en/conocermas/recursos_en_linea/publicaciones_y_est...
- AEMET. "Atlas climáticos (índice y acceso a productos)." https://www.aemet.es/en/serviciosclimaticos/datosclimatologicos/atlas_cl...
- IGN – Atlas Nacional de España. "Clima (cartografía temática y datos 1981–2010)." https://atlasnacional.ign.es/wane/Clima
- IUSS Working Group WRB (2022). "World Reference Base for Soil Resources. 4th edition." PDF oficial. https://www.isric.org/sites/default/files/WRB_fourth_edition_2022-12-18.pdf
- MITECO. "Plan Forestal Español 2022–2032." PDF. https://www.miteco.gob.es/content/dam/miteco/es/biodiversidad/temas/poli...
- Copernicus Land Monitoring Service (EEA). "CORINE Land Cover – Product page (MMU 25 ha; MMW 100 m)." https://land.copernicus.eu/en/products/corine-land-cover
- MITECO (2022). "Orientaciones estratégicas para la gestión de incendios forestales en España." PDF. https://www.miteco.gob.es/content/dam/miteco/es/biodiversidad/planes-y-e...
- IPCC (2022). AR6 WGII. "Cross-Chapter Paper 4 – Mediterranean Region." PDF. https://www.ipcc.ch/report/ar6/wg2/downloads/report/IPCC_AR6_WGII_CCP4.pdf
- MITECO. "Estrategia Nacional de Lucha contra la Desertificación (ENLD)." Portal y documentos. https://www.miteco.gob.es/es/biodiversidad/temas/desertificacion-restaur...
- FAO Soils Portal. "World Reference Base (WRB): estándar internacional de clasificación de suelos." https://www.fao.org/soils-portal/data-hub/soil-classification/world-refe...
- Gómez, A. & Lunt, D.H. (2007). "Refugia within refugia: patterns of phylogeographic concordance in the Iberian Peninsula." In: Weiss & Ferrand (eds.), Phylogeography of Southern European Refugia. Springer. PDF (capítulo de síntesis): https://www.fc.up.pt/mestr_biodiv/aulas/gomez_lunt.pdf
- MITECO. "Caracterización de la vegetación de ribera (estructura, composición y seguimiento)." https://www.miteco.gob.es/es/agua/temas/delimitacion-y-restauracion-del-...
- MITECO. "Metodologías para el seguimiento del estado de conservación de los tipos de hábitat (incluye bosques y riberas)." https://www.miteco.gob.es/es/biodiversidad/temas/ecosistemas-y-conectivi...
- Boletín Oficial del Estado. "Real Decreto 630/2013 (consolidado): Catálogo Español de Especies Exóticas Invasoras." PDF. https://www.boe.es/buscar/pdf/2013/BOE-A-2013-8565-consolidado.pdf
- Ministerio de Agricultura, Pesca y Alimentación (MAPA). "La conservación de la dehesa y las intervenciones de desarrollo rural (síntesis)." PDF. https://www.mapa.gob.es/dam/mapa/contenido/reforma-de-la-pac/plan-estrat...
- Hewitt, G.M. (1999). "Post‑glacial re‑colonization of European biota." Biological Journal of the Linnean Society, 68(1–2): 87–112. PDF (acceso académico): https://academic.oup.com/biolinnean/article-pdf/68/1-2/87/16608968/j.109...
Resumen final (para repaso rápido)
Ideas fuerza
- La distribución de la vegetación en España se explica por la interacción de clima (termotipo/ombrotipo), relieve (altitud, orientación), litología/suelos e hidrología, sobre la que actúan historia biogeográfica y usos humanos. Reconocer esos gradientes permite predecir formaciones y su variación espacial. [1][2][9][10][11]
- Vegetación potencial (PNV) vs. vegetación actual: la PNV es una hipótesis de referencia según el ambiente actual; la vegetación real refleja trayectorias seriales por perturbación (matorrales, pastizales, pinares de repoblación). Útil para restauración y ordenación. [1][3][6]
- Series de vegetación: integran etapas desde pioneras a clímax para un ambiente dado y son la base de cartografía didáctica y de gestión. [1][6]
Dominios y grandes formaciones
- Atlántico: clima templado‑húmedo sin sequía estival; bosques caducifolios (hayedos, robledales), landas y prados; riberas bien desarrolladas; coníferas naturales en pisos montanos/subalpinos (abetal, pino negro). [9][11][12][15]
- Mediterráneo (peninsular y balear): sequía estival; bosques de quercíneas (encina, alcornoque, quejigo), matorrales esclerófilos (maquia, garriga, tomillares), amplios pinares; riberas estacionales; transición a espartales y tomillares en áreas semiáridas del sureste y del valle del Ebro. [2][9][11][14][18][21]
- Montaña y alta montaña: pisos montano–subalpino–alpino/oromediterráneo con límite altitudinal del arbolado; pino negro en Pirineos, pino silvestre y robledales marcescentes en interiores silíceos; matorrales almohadillados y pastizales ventosos en cumbres. [2][9][11][12][21]
- Canarias (Macaronesia): secuencia basal xerófila → bosque termófilo → laurisilva/fayal‑brezal → pinar canario → matorrales de cumbre; papel clave de alisios y lluvia horizontal; altísimo endemismo. [9][11][19][22]
Formaciones azonales y edáficas
- Riberas (alisedas, saucedas, fresnedas), humedales y turberas; vegetación psamófila de dunas; halófitas de saladares; gipsófitas en yesos. Fundamentales para conectividad ecológica y servicios ecosistémicos. [13][14][15][18]
Problemática y gestión
- Cambio climático: tendencia a mayor temperatura y aridez estival en buena parte del dominio mediterráneo; ascenso del límite del bosque; riesgo para caducifolios atlánticos en cotas bajas y para endemismos de cumbre. [11][12][16][19]
- Incendios: régimen alterado por abandono rural y olas de calor; resiliencia mediterránea alta pero con riesgo de regresión bajo recurrencia corta; gestión basada en mosaicos, selvicultura preventiva y restauración según series potenciales. [16][23][24][26]
- Desertificación y fragmentación: sureste, Ebro y suelos frágiles más vulnerables; necesidad de manejo del suelo, eficiencia hídrica y conectividad entre hábitats. [9][18][20][21]
- Conservación: Red Natura 2000 (ZEC, ZEPA), Parques Nacionales y redes autonómicas protegen muestras representativas; planes de manejo y adaptación climática. [9][18][19]
Herramientas para el examen
- Lectura de climogramas (Gaussen‑Bagnouls): sequía cuando P<2T; relaciona periodos secos con formaciones esperables según marco bioclimático. [11][12]
- Transectos altitudinales/latitudinales: asocia pisos y ombrotipos con cambios fisionómicos y umbrales (límite del bosque, paso a caducifolios). [2][10][11]
- Mapas de series de vegetación: identifican clímax y etapas seriales, útiles para explicar mosaicos y proponer restauraciones. [1][6]
- CORINE Land Cover: seguimiento de coberturas (MMU 25 ha) para detectar artificialización, intensificación o recuperación de vegetación. [17]
Cómo argumentar en la PAU (guion breve)
- Situar el área (dominio/región biogeográfica) y el marco bioclimático (termo‑/ombrotipo). [2][9]
- Describir la formación dominante y su serie (clímax y etapas seriales) con ejemplos regionales. [1][6]
- Explicar el papel de relieve, suelos e hidrología local (solana/umbría, suelos ácidos/básicos, riberas). [11][14][15]
- Citar problemáticas e indicar medidas de gestión y figuras de conservación. [9][16][18]
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