1. Introducción: Caracterización del sector agrario español
El sector agrario español contemporáneo se define por su profunda heterogeneidad y dualidad, un rasgo estructural que condiciona sus paisajes, su economía y su demografía [1]. Esta dualidad se manifiesta en la coexistencia de dos modelos productivos aparentemente contrapuestos. Por un lado, una agricultura altamente tecnificada, capitalizada y orientada a los mercados internacionales, que ha situado a España como una de las principales potencias agroexportadoras de Europa [3]. Por otro lado, perviven sistemas agrarios de carácter más tradicional, a menudo ligados a explotaciones familiares de menor tamaño, con un peso significativo en determinadas regiones y con un papel fundamental en la conservación de la biodiversidad y el patrimonio cultural [1]. Esta convivencia genera un complejo mosaico de realidades que impide cualquier análisis simplificador del campo español.
A pesar de que el sector primario (agricultura, ganadería, silvicultura y pesca) representa un porcentaje relativamente modesto del Producto Interior Bruto (PIB) nacional, su verdadera importancia trasciende estas cifras [2]. La relevancia del sector agrario debe entenderse a través de su estrecha vinculación con la potente industria agroalimentaria, que es uno de los principales sectores manufactureros del país. En conjunto, la cadena agroalimentaria (producción, industria y distribución) constituye un pilar estratégico para la economía española, con una notable aportación al PIB y un saldo comercial positivo que contribuye a equilibrar la balanza de pagos [3].
Más allá de su peso económico, la agricultura desempeña funciones sociales y territoriales insustituibles. Es el principal sustento de la actividad económica y social en gran parte del medio rural, actuando como un elemento clave para la fijación de la población y la lucha contra la despoblación, un fenómeno que afecta gravemente a la España interior [4]. Asimismo, la actividad agraria es la modeladora fundamental de los paisajes, cumple una función vital en la gestión de los recursos naturales como el suelo y el agua, y contribuye a la prevención de incendios forestales mediante el mantenimiento del territorio. Por todo ello, el análisis de la agricultura española resulta imprescindible para comprender la organización económica y territorial del país.
2. Condicionantes de la actividad agraria en España
La actividad agraria no es un hecho aislado, sino el resultado de la interacción de un conjunto de factores que la condicionan y modelan. En España, la diversidad de estos factores explica el rico mosaico de paisajes agrarios. Se pueden clasificar en factores físicos, humanos y políticos.
El medio físico impone una serie de limitaciones y oportunidades para la agricultura. El relieve es un elemento determinante; la elevada altitud media de la Península y la abundancia de pendientes dificultan la mecanización y favorecen la erosión [5]. Esto contrasta con las zonas llanas de los valles fluviales (Ebro, Guadalquivir) y las llanuras litorales, que presentan condiciones mucho más favorables para el desarrollo de una agricultura intensiva y competitiva. El clima es, quizás, el factor físico más influyente. La división de España en una "España húmeda" (norte y noroeste) y una "España seca" (el resto del territorio) marca una clara diferenciación agraria: la primera se especializa en pastos y cultivos forrajeros para la ganadería, mientras que la segunda se orienta a los cultivos de secano de la trilogía mediterránea (cereal, vid y olivo) o depende del regadío para cultivos de huerta y frutales [6]. La escasez e irregularidad de las precipitaciones en el área mediterránea constituye el principal problema para la agricultura del país. Finalmente, la diversidad de suelos (silíceos, calizos y arcillosos) determina su diferente aptitud agrícola, requiriendo en muchos casos enmiendas y fertilización para mejorar su productividad [5].
Dentro de los factores humanos y estructurales, destaca la estructura de la propiedad de la tierra, caracterizada por un marcado dualismo. Por un lado, el minifundio, predominante en la mitad norte y en el litoral mediterráneo, se define por explotaciones de reducido tamaño que históricamente se han asociado al autoconsumo y a una baja rentabilidad, aunque hoy en día también puede albergar explotaciones muy intensivas y tecnificadas [7]. Por otro lado, el latifundio, grandes extensiones de tierra en manos de un solo propietario, es característico de la mitad sur (Andalucía, Extremadura, Castilla-La Mancha) y se orienta tanto a aprovechamientos extensivos (dehesas, secanos) como a modernas y rentables agriculturas de regadío. En cuanto a la población, el sector agrario ha experimentado un drástico descenso de su población activa desde mediados del siglo XX, acompañado de un intenso proceso de envejecimiento y masculinización [8]. Hoy en día, muchas de las labores agrarias, especialmente las más intensivas y estacionales, dependen de la mano de obra inmigrante. Paralelamente, la innovación tecnológica (mecanización, sistemas de riego eficiente como el goteo, agricultura de precisión, invernaderos) ha sido clave para el aumento de los rendimientos y la competitividad del sector [7].
Finalmente, el marco político-económico ha estado definido, desde la entrada de España en la Comunidad Económica Europea en 1986, por la Política Agraria Común (PAC). Esta política europea ha transformado radicalmente el sector, convirtiéndose en el principal instrumento de regulación y financiación [9]. Sus objetivos han evolucionado desde el inicial fomento de la producción para garantizar el autoabastecimiento hasta la actual preocupación por la sostenibilidad medioambiental, la calidad alimentaria y el desarrollo rural. La PAC influye directamente en la renta de los agricultores a través de un sistema de ayudas directas, que a menudo son vitales para la supervivencia de muchas explotaciones, y establece las normas de mercado y los requisitos medioambientales que deben cumplir los productores (eco-esquemas) [10]. Por tanto, cualquier análisis del sector agrario español es indisociable del marco que establece la PAC.
3. La agricultura tradicional: pervivencia y paisajes representativos
A pesar del intenso proceso de modernización, en España perviven sistemas y paisajes agrarios que son herederos de prácticas desarrolladas durante siglos. La agricultura tradicional, aunque en una posición de clara regresión, sigue definiendo vastas áreas del territorio y representa un importante reservorio de patrimonio cultural y biodiversidad [11]. Este modelo se caracteriza fundamentalmente por su orientación hacia el autoconsumo o los mercados locales, el predominio del policultivo como estrategia para diversificar la producción y minimizar riesgos, y el empleo de técnicas extensivas, que buscan la producción con una menor inversión de capital y tecnología por unidad de superficie, adaptándose a los ciclos naturales [11]. El trabajo solía depender de la mano de obra familiar y la energía animal, aunque hoy en día se ha incorporado maquinaria ligera.
Esta forma de agricultura ha generado dos de los paisajes más icónicos de España. En primer lugar, la agricultura de secano del interior, que domina las dos Mesetas, el Valle del Ebro y zonas de Andalucía. Su expresión más característica es la trilogía mediterránea (cereal, vid y olivo), un sistema de policultivo perfectamente adaptado a la aridez estival [12]. Este modelo ha configurado un paisaje de campos abiertos (openfield), un mosaico de parcelas de cereal de secano que alternan con viñedos y olivares, y donde el barbecho (dejar descansar la tierra un año) ha sido una práctica tradicional para recuperar la fertilidad del suelo. En segundo lugar, y en claro contraste, encontramos los policultivos de regadío tradicional o huertas, localizados en las vegas de los ríos del litoral mediterráneo (como la emblemática Huerta de Valencia o la Vega Baja del Segura) [13]. Estos espacios, a menudo de origen medieval, se caracterizan por una estructura minifundista, con pequeñas parcelas separadas por setos o muros (bocage), y una compleja red de acequias que permite una producción muy intensiva y diversificada de hortalizas, verduras y frutales para el consumo en fresco.
En la actualidad, la agricultura tradicional se enfrenta a una profunda crisis que amenaza su supervivencia. Su principal problema es la baja rentabilidad económica, derivada de la pequeña dimensión de las explotaciones, los bajos precios de los productos y la fuerte competencia de la agricultura intensiva [14]. Esta falta de viabilidad económica provoca un grave problema demográfico: un fuerte envejecimiento de la población agraria y una alarmante falta de relevo generacional, ya que los jóvenes abandonan el campo en busca de otras oportunidades [15]. La consecuencia directa es el abandono de tierras, lo que conlleva la pérdida de paisajes agrarios, un aumento de la erosión y un mayor riesgo de incendios forestales. No obstante, surgen iniciativas que buscan revalorizar este modelo a través de su conversión a la agricultura ecológica, la apuesta por sellos de calidad (como las Denominaciones de Origen Protegidas) y el desarrollo del agroturismo, abriendo nuevas vías para su pervivencia.
4. La agricultura de mercado: modernización, especialización e impactos
En paralelo a la pervivencia de formas tradicionales, el sector agrario español ha experimentado un profundo proceso de modernización que lo ha llevado a desarrollar una agricultura de mercado altamente competitiva. Este modelo, orientado fundamentalmente a la venta tanto en el mercado nacional como en el internacional, es el principal responsable del dinamismo exportador del sector agroalimentario español [16]. Sus características definitorias son la especialización productiva (tendencia al monocultivo para obtener economías de escala), una alta tecnificación (maquinaria avanzada, agricultura de precisión, riego por goteo) y una fuerte inversión de capital. Se trata de una agricultura intensiva que busca maximizar los rendimientos por hectárea mediante el uso de insumos como semillas seleccionadas, fertilizantes, y productos fitosanitarios [7].
Este modelo productivo ha generado paisajes agrarios de un enorme dinamismo. El ejemplo más paradigmático es la agricultura intensiva bajo plástico, cuyo máximo exponente es el "mar de plástico" del litoral de Almería y Granada. Este sistema ha transformado un medio semiárido en una de las "huertas de Europa", especializándose en la producción de hortalizas extratempranas para la exportación gracias al control de las condiciones de cultivo en los invernaderos [17]. Otro paisaje representativo es el de los regadíos modernizados, que se extienden por los grandes valles fluviales y las llanuras litorales. En ellos se localizan monocultivos muy rentables de frutales (cítricos en la Comunidad Valenciana, fruta de hueso en Murcia y el valle del Ebro), olivar intensivo y superintensivo (Andalucía) o viñedos en espaldera (La Rioja, Castilla-La Mancha). Finalmente, incluso en el secano se ha producido una modernización, dando lugar a grandes explotaciones de cereal muy mecanizadas, principalmente en las dos Castillas, que configuran un paisaje de enormes extensiones uniformes [12].
Los impactos de este modelo son de gran alcance y presentan una doble cara. Desde el punto de vista socioeconómico, ha generado una gran riqueza, ha impulsado las exportaciones y ha creado una potente industria auxiliar y de servicios [16]. Asimismo, es una importante fuente de empleo, aunque este suele ser de carácter temporal y dependiente de la mano de obra inmigrante. Sin embargo, su implantación también ha contribuido a la desaparición de explotaciones más pequeñas y a una fuerte dependencia de la volatilidad de los mercados internacionales. En el plano medioambiental, los impactos son considerables. El principal problema es el elevado consumo de agua, que ha provocado la sobreexplotación de numerosos acuíferos y genera fuertes tensiones territoriales por el uso de un recurso escaso [18]. Otro impacto severo es la contaminación de suelos y aguas por el uso intensivo de fertilizantes nitrogenados (que contaminan los acuíferos por nitratos) y de pesticidas [19]. A esto se suma la pérdida de biodiversidad asociada a los monocultivos y la generación de residuos, como los plásticos de los invernaderos.
5. Retos y perspectivas de futuro del campo español
El sector agrario español se enfrenta en el siglo XXI a una serie de retos complejos y transversales que determinarán su viabilidad y su papel en la sociedad. El más apremiante de todos es, sin duda, el desafío de la sostenibilidad medioambiental. La creciente escasez de recursos hídricos, agravada por el cambio climático, obliga a una gestión del agua mucho más eficiente y a la modernización de los regadíos, así como a la búsqueda de fuentes no convencionales como el agua desalada o regenerada [20]. Al mismo tiempo, las directrices europeas, como las recogidas en el Pacto Verde Europeo y la estrategia "De la Granja a la Mesa", exigen una reducción drástica del uso de fertilizantes y pesticidas para frenar la contaminación de los ecosistemas y promover la recuperación de la biodiversidad en los espacios agrarios [21].
En el plano económico y político, la agricultura española debe continuar su adaptación a un marco cada vez más globalizado y a una Política Agraria Común (PAC) en constante reforma. La competencia en los mercados internacionales con productos de terceros países, que a menudo tienen costes de producción más bajos y normativas medioambientales menos exigentes, obliga al sector a apostar por la eficiencia, la calidad y la innovación. Asimismo, las ayudas de la PAC están cada vez más condicionadas al cumplimiento de objetivos medioambientales (los llamados "eco-esquemas"), lo que supone un esfuerzo de adaptación para los agricultores y ganaderos, pero también una oportunidad para transitar hacia un modelo más sostenible [10].
Desde una perspectiva social y territorial, la agricultura sigue teniendo un papel insustituible en la vertebración del territorio y la lucha contra la despoblación. En la denominada "España vaciada", la actividad agraria es a menudo la única fuente de dinamismo económico y la clave para mantener el paisaje y la población. Por ello, es fundamental fomentar el relevo generacional con políticas que faciliten el acceso de los jóvenes a la tierra y que pongan en valor la multifuncionalidad del sector agrario: no solo produce alimentos, sino que gestiona el territorio, previene incendios y conserva un valioso patrimonio cultural [4].
A pesar de estos desafíos, también emergen nuevas tendencias que abren un horizonte de oportunidades. España se ha consolidado como uno de los líderes europeos en agricultura ecológica, un sector en pleno crecimiento que responde a la creciente demanda de los consumidores por productos más saludables y respetuosos con el medio ambiente [22]. Otra vía estratégica es la apuesta por la calidad diferenciada a través de sellos como las Denominaciones de Origen Protegidas (D.O.P.) o las Indicaciones Geográficas Protegidas (I.G.P.), que vinculan un producto a un territorio y a un saber hacer específicos, permitiendo obtener un mayor valor añadido [23]. Finalmente, la revalorización de los productos de proximidad y los canales cortos de comercialización ("kilómetro 0") abren nuevas posibilidades para las explotaciones familiares y para reconectar a los productores con los consumidores.
Referencias y fuentes citadas
- Ministerio de Agricultura, Pesca y Alimentación (MAPA). (2023). Encuesta sobre la Estructura de las Explotaciones Agrícolas 2023.
- Instituto Nacional de Estadística (INE). (2024). Contabilidad Nacional de España.
- Cajamar. (2024). Observatorio sobre el sector agroalimentario español en el contexto europeo.
- Ministerio para la Transición Ecológica y el Reto Demográfico (MITECO). (2022). Directrices Generales de la Estrategia Nacional frente al Reto Demográfico.
- Instituto Geográfico Nacional (IGN). (2022). Atlas Nacional de España. El Medio Físico.
- Agencia Estatal de Meteorología (AEMET) y MAPA. (2020). Atlas Agroclimático de España.
- MAPA. (2020). Censo Agrario 2020.
- Instituto Nacional de Estadística (INE). (2024). Encuesta de Población Activa (EPA) - Datos trimestrales.
- Comisión Europea. (s.f.). La Política Agrícola Común en pocas palabras.
- Ministerio de Agricultura, Pesca y Alimentación (MAPA). (2023). Plan Estratégico de la PAC 2023-2027 de España.
- Viladomiu, L. y Rosell, J. (2018). La agricultura familiar en España: estado de la cuestión. Revista de Estudios Agrosociales y Pesqueros.
- López-Bellido, L. (2015). Agricultura y Medio Ambiente en el Ecosistema Mediterráneo.
- Generalitat Valenciana. (s.f.). Paisaje Protegido del Paisaje de la Huerta de Valencia.
- Coordinadora de Organizaciones de Agricultores y Ganaderos (COAG). (2024). Índice de Precios en Origen y Destino de los Alimentos (IPOD).
- Red Española de Desarrollo Rural (REDR). (2023). Informe sobre el relevo generacional en el medio rural.
- ICEX España Exportación e Inversiones. (2025). Informe Anual del Sector Agroalimentario.
- Gómez-Zotano, J. y Riesco-Pellicena, F. (2020). El "modelo Almería": un análisis geográfico del éxito de la horticultura intensiva. Cuadernos Geográficos.
- Confederación Hidrográfica del Segura (CHS). (2022). Plan Hidrográfico de la Demarcación Hidrográfica del Segura.
- WWF España. (2023). Amenaza invisible: la contaminación del agua por nitratos de la agricultura y la ganadería intensiva.
- Ministerio para la Transición Ecológica y el Reto Demográfico (MITECO). (2021). Plan Nacional de Adaptación al Cambio Climático 2021-2030.
- Comisión Europea. (2020). Estrategia «de la granja a la mesa» para un sistema alimentario justo, sano y respetuoso con el medio ambiente.
- Ministerio de Agricultura, Pesca y Alimentación (MAPA). (2024). Estadísticas anuales de producción ecológica.
- ORIGEN ESPAÑA - Asociación Española de Denominaciones de Origen. (2024). Datos económicos del sector de las D.O.P e I.G.P. en España.
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